miércoles, 5 de septiembre de 2018

Spanking

Tras pasar la mañana limpiando su casa me ordenó bajar a la mazmorra. Tacones, lencería y el collar. Me puse en posición para recibirle, arrodillada, con la cabeza pegada al suelo y los brazos extendidos. Tenía ganas de empezar, no sabía lo que pasaría, pero el Amo me había dicho que me iba a dejar unas bonitas marcas.

Me puso en el centro de la sala, con los brazos atados juntos al techo y las piernas separadas, enganchadas a unas cadenas que tiraban de mi desde las paredes. Me quitó el sujetador y retiró un poco mis bragas para dejar mi culo más accesible.

Empezó con la pala de madera para calentar. Golpes secos que picaban en la piel y entraban en la carne. Pronto tuve dos círculos morados y duros marcando mi culo.

Mientras me dejaba descansar de los azotes hablaba por whatsapp con una de sus esclavas en consideración y le mandaba fotos de mi culo tomando color. También hizo algún vídeo mientras me azotaba para que viera lo que tarde o temprano le pasaría a ella. Me gustó que la esclava tomara parte de la sesión de ese modo aunque no estuviera presente, sabía que estaría excitada y nerviosa, deseando ser ella el blanco de esos azotes.

Después de la pala de madera pasó a la paleta de cuero, con la que podía dar los azotes más fuertes y la regla, que picaba a rabiar con cada golpe.

En ese momento el Amo se puso creativo y quiso dibujar con mas detalle en mi cuerpo. Con la fusta de doma me arrancó unos cuantos gritos mientras dejaba rayas moradas en mi culo y en mis tetas.

Él se reía y se burlaba, yo sollozaba, pero algo dentro de mi quería jugar y sin darme cuenta ni poder controlarlo le seguí las bromas picándole en un juego preacordado en el que yo tenía todas las de perder. La vara me demostró que habría sido mejor quedarme callada. Me dio varazos fuertes y a ritmos que me desubicaban y hacían que dolieran más. Arrepentida por haber entrado al juego le di las gracias y en cuanto se alejó, algo dentro de mi volvió a la carga. La carcajada del Amo me puso los pelos de punta.

-Lo siento, mi Amo, ¡yo no he sido, no quería decirlo!- No coló.

Más tarde y más dolorida me puso el Hitachi enganchado en la media para que me diera directamente en el clítoris, cogió el látigo y se alejó unos metros detrás de mi. Los latigazos empezaron siendo suaves, chasqueando en el culo o abrazando mi cuerpo. Poco a poco fue subiendo la intensidad y con una sorprendente puntería incluso los que me abrazaban hacían que me retorciera al golpear contra mis tetas y mi coño.

Pasó a la fusta de doma clásica, la cual me resulta más agradable y siguió dándome latigazos hasta que me corrí.

Para terminar me dio a elegir qué instrumentos usaría para hacerme sangrar. Escogí mis preferidos: la pala de pinchos y la bola de clavos.

Frente a mi puso un espejo para que pudiera verme, mi cuerpo estaba cruzado a rayas por el látigo y puntos morados en el coño y en las tetas.

Empezó con la bola de clavos, haciéndola bailar delante de mi para que cogiera velocidad. Los clavos pinchaban debajo de mis tetas, rebotaba y pinchaban por encima en un vaivén casi mágico y algo humillante por las burlas del Amo. Algunas veces arañaban, otras golpeaban y algunos clavos entraban en la piel dejando gotitas de sangre tras de sí.

Pasó al culo y con menos delicadeza golpeó con la bola mi piel ya irritada. Noté cómo los clavos rompían la piel, cómo caían finos hilos de sangre pierna abajo, era muy agradable.

Llegó el turno de la pala de pinchos. Con fuerza golpeó mi culo varias veces, haciendo brotar la sangre que salpicaba el suelo. Me frotó los pinchos de la pala por las tetas y la tripa y en el espejo pude ver mi cuerpo teñido de rojo, una imagen conocida y preciosa.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Escucha y siente

El Amo puso delante de mi la máscara ciega de látex. Una máscara negra por la que sólo se puede respirar, y con mucha dificultad, a través de dos pequeños agujeros a la altura de la nariz. Metí mi cabeza en esa oscuridad y Él cerró la cremallera de la parte de atrás. El látex se pegaba a mi cabeza totalmente, apretaba y daba calor, no se podía ver nada, absolutamente nada, y el sonido de los pasos del Amo llegaba amortiguado a mis oídos. La respiración fue una tortura desde el primer momento, no me llegaba suficiente aire y tenía que esforzarme por no hacer ni la más mínima mueca con la cara, porque esos pequeños agujeros se plegaban y bloqueaban con facilidad. Su pequeño tamaño también me daba problemas al expulsar el aire, ya que no podía pasar por ellos y la máscara se hinchaba, se despegaba de su sitio y volvía, con suerte, de nuevo a como estaba antes de esa bocanada de aire.

Aun intentando concentrarme y controlar la respiración, me vi atada en cruz en mitad de la mazmorra. Oía pasos, sonidos metálicos… tal vez cadenas.

Noté el frío por mi espalda, el roce de algo duro que el Amo estaba enganchando en el techo… Ese frío fue bajando hasta que llegó a mi culo. Era el gancho anal, que entró dentro de mi con fuerza. El Amo lo dejó bien clavado, tirando hacia arriba y presionando y estirando mi culo.

Sentí más frío, esta vez en mis tetas. Unas pinzas metálicas mordieron mis pezones, pero una vez enganchadas tiraron de ellos poco a poco. Podía imaginar a mi Amo dando vueltas a la llave de esas pinzas, que con una estructura metálica y una cadena sirven para estirar los pezones y que el dolor sea más intenso.

Inmovilizada, agobiada y con algo de dolor en mi culo y tetas, empezaba la sesión.

Presté atención a sus pasos, imaginando qué cogería, pero no me dio tiempo a entender que ese sonido que había escuchado era el botón de encendido de la paleta eléctrica y sin esperármelo empezaron a caer chispazos en mi cuerpo. Poco me podía mover sin que el gancho me devolviera a mi lugar tirando de mi culo, así que como respuesta al dolor doblaba una pierna, una respuesta involuntaria y que aunque parezca una tontería ayuda a concentrarse. Al Amo no le gustó. Me ató los pies juntos para que no pudiera cambiar la posición.

Las pinzas tirantes en mis pezones acabaron por resbalarse, lenta y dolorosamente. Pensé que mis pezones descansarían un poco, pero sentí un golpe, picor, calor en la piel. Más golpes, rápidos, el picor… sólo podía ser el rebenque. Me cruzaba el pecho, la tripa, el coño y vuelta a empezar.

La respiración agitada complicaba todavía más aguantar con la máscara. Las lágrimas empezaban a brotar…

Con el cuerpo ardiendo por el rebenque, buscando el aire con todo mi ser, noté cómo el Amo se alejaba. Volvió un momento para dejarme un vibrador rozando mi coño y volvió a alejarse.

No podía ver, pero podía imaginarle. Sentado en el sillón, viendo las marcas rojas cruzándome el cuerpo, atada y con el gancho bien clavado en el culo. Disfrutando de las vistas mientras me humillaba y animaba a frotarme como una perra contra el vibrador.

Pero no conseguía correrme, casi ni sentía placer. Seguí sintiendo el dolor en el culo, la quemazón de la piel y aguantando el cansancio por la falta de aire hasta que el Amo se acercó y empezó a desatar mis manos entumecidas, me apoyé en Él, me besó, nos abrazamos y el orgasmo llegó.

martes, 7 de noviembre de 2017

Inmovilizada con la pera anal

Fuimos a la mazmorra, tan solo iba vestida con los tacones, medias y liguero, llevaba mi collar y el pelo recogido, preparada para que el Amo me usara a su gusto.

Me puso a cuatro patas en el centro de la mazmorra. Vi cómo cogía la pera anal y se puso detrás de mí. Empezó a jugar un poco con mi culo. Me metía un dedo, dos dedos para dilatarlo, no le dedicó mucho tiempo, no llegué a estar dilatada para lo que venía. 


De repente sentí el frío metal de la pera contra mi culo. El Amo la empujó dentro de mí a golpes hasta que entró entera. Yo intentaba no soltar los gritos que ese dolor frío y desagradable me provocaba. Sí, dolió al entrar, y también al abrirse dentro. Apretó el mecanismo para que se abriera dentro de mí, y con un movimiento rápido noté cómo las piezas metálicas se abrían como los pétalos de una flor. La fijó en esa posición y le enganchó una cadena pesada que tiraba de ella hacia la pared a mi espalda y a lo alto.

La cadena estiraba de la pera hacia fuera, clavándome los bordes de sus pétalos metálicos, haciendo que me doliera. Intenté quedarme quieta, para que la cadena no se bamboleara y minimizar así el dolor.

El Amo me puso unas esposas, más frío y duro metal contra mi cuerpo. Y finalmente ató una cadena a mi collar y fue tirando de ella hacia el techo donde la enganchó, hasta dejarme apoyada sobre las palmas de las manos y con el collar apretándome el cuello. La espalda se me curvó y la pera cada vez tiraba más. No conseguía poner el culo de ninguna forma para que la pera no se me clavara.

Ya estaba inmovilizada, y algo falta de aire. Era el momento de hacer que me retorciera, y el Amo no podía elegir otro instrumento que la paleta eléctrica.

Los chispazos empezaron a caer en el culo, con cada uno se me movía el cuerpo, me costaba mantener la postura, ya no solo por la pera, sino por el collar que me asfixiaba. Empecé a apoyarme sobre los puños, para subir un poco la cabeza y que no me apretara tanto, eso me dejaba descansar un poco y respirar bien, pero añadí un nuevo dolor a la lista, las esposas se me clavaban en las muñecas.

Los chispazos siguieron. Chispazos en el culo, chispazos en los pezones, en la tripa, entre las piernas y en la espalda. A cada toque daba un respingo, el culo se me contraía involuntariamente y me clavaba el metal de la pera. Chispazos aquí y allá, mi cuerpo brincando sin control y soltando gritos de desesperación.

Para terminar el Amo me puso el vibrador enganchado en las medias, directamente contra mi clítoris y mientras empezaba a sentir placer, mi culo seguía siendo castigado a varazos.

Al tener la pera y la cadena saliendo de mi culo los varazos caían más bajos, casi en las piernas y picaban más. Pero poco a poco el placer fue subiendo y finalmente el Amo me dio permiso para correrme sin dejar de azotarme.

viernes, 4 de agosto de 2017

Dos esclavas para tres Dominantes

Me puse las medias, el liguero, y tacones y corsé rojo. Me maquillé y esperé pacientemente a que llegara el Amo con las perras. Ellas pasaron directamente a la mazmorra y tras unos minutos el Amo fue con ellas. Desde el salón sólo pude oír algunas bofetadas y algunos azotes. Al rato el Amo volvió al salón conmigo y esperamos a la gran sorpresa de esa tarde. Iba a venir Miss B, que no sabía que por delante tenía una sesión con dos esclavas y conmigo a su lado como Top. Cuando ya estaba cerca, el Amo y yo fuimos a la mazmorra para dejar a las esclavas tal cual se las encontraría el Ama. De rodillas, muñecas atadas a la espalda, mordaza de bola y los collares enganchados con cadenas hasta la pared.

Por fin llegó Miss B, que ya se dio la primera sorpresa al verme preparada para torturar perras, aunque su cara se iluminó cuando el Amo le dijo que en la mazmorra le esperaban dos esclavas. Pero la sorpresa no acababa ahí, y es que las esclavas tampoco sabían que Ella venía. Prepararlo con tanto misterio no había sido fácil, pero valía la pena por ver sus caras encontrándose en la mazmorra.

El Ama se preparó. Taconazos negros y body semitransparente. Estaba impresionante. Los tres fuimos a la mazmorra.

Miss B se encontró con su sorpresa, y su sorpresa se encontró con Ella, pero estaba demasiado nerviosa como para decir algo. Sonrisas, caras coloradas… sobre todo la de una de las perras, que se ahogaba con su collar tirante por la cadena que la agarraba a la pared.

Los Amos se fueron al salón y me dejaron para que preparara todo lo que se iba a usar.

Primero la camilla y una mesa a su lado. Agujas, suturas, guantes, jengibre, cuerda… Cuando lo tuve todo bien colocado en su sitio fui a avisar a los Amos. Comenzaba la sesión.

Mi Amo y Miss B. llegaron. Una esclava en la camilla, la otra de rodillas. El Amo fue encadenando a la primera, con las muñecas por encima de su cabeza y los tobillos enganchados a lo alto dejando sus piernas abiertas.

Mientras tanto busqué el plug eléctrico y se lo di a Miss B para que se lo encajara en el culo a la otra perra.

El Amo ató a la esclava que sería electrocutada a la pared del fondo, donde tendría unas magníficas vistas de la tortura que le realizaríamos a la otra perra. Así se quedó, mirando expectante y notando poco a poco la electricidad crecer en su culo.

Cogí las primeras dos agujas y se las ofrecí a los Amos. Cada uno estiró de un pezón a la perra de la camilla y se los atravesaron. Dos agujas más para los Amos, dos agujas más en sus pezones. Como dos flores acabaron los pezones de la perra, con cinco agujas cada uno. Por debajo de las agujas pasaron una cuerda fina, que ataron con fuerza amoratando los pezones atravesados y tiraron de la cuerda y sus tetas hacia el techo, pasando las cuerdas por una arandela y enganchando sus extremos a unas pesas.

Las tetas de la zorra quedaron tensas, los pezones azules por la presión de la cuerda y ella resoplaba y gemía por el dolor.

Seguimos con las agujas. Los Amos y yo nos íbamos turnando para atravesarle las tetas una y otra vez hasta que quedaron como dos alfileteros.

La otra esclava miraba la escena entre asombrada y cachonda por las descargas en su culo, pronto estaríamos con ella.

El Ama cogió el vibrador y empezó a masturbar al alfiletero, pero le dolían demasiado las tetas como para correrse. Mientras yo seguía clavándole agujas en las tetas y la tripa, el Amo fue a por un palo acabado en plug para follarle el culo y subir así su excitación.

La zorra no dejaba de quejarse, le dolía todo y estaba lejos de correrse, pero nosotros no parábamos, cada cual enfrascado en su actividad.

Le dibujé con agujas una pequeña flor alrededor del ombligo y en el centro coloqué una velita, que desde el primer momento empezó a derramar su cera por la tripa de la cerda, ya que ésta no dejaba de moverse intentando huir del dolor.

Cogí una ramita de jengibre bien mojado en agua para que su efecto se potenciara, se lo froté en el clítoris y lo introduje en su coño. El jengibre no pica, pero produce un calor que aumenta considerablemente la excitación. Cuando la perra empezó a quejarse por el calor del jengibre se lo quité y dejé que los Amos se encargaran del orgasmo que ya se notaba que iba llegando.

Busqué otro vibrador y fui hacia la otra esclava. Le indiqué que abriera las piernas y empecé a masturbarla. Poco tardó en correrse con sus piernas temblando y sin apartar la vista de la zorra de la camilla.

A mis espaldas oí cómo los Amos conseguían que la otra esclava se corriera por fin. Volví con Ellos y seguimos con las agujas, esta vez en el coño.

Primero en el pubis, cada Dom ponía una, nos íbamos turnando como habíamos hecho con las tetas, cada aguja la atravesaba tres veces, eso hacía que le doliera más. Una vez cubierto el pubis seguimos por los labios mayores, de dentro a afuera. Su coño parecía un erizo.

Con una aguja de sutura fuimos dando puntadas por debajo de cada aguja que habíamos puesto en su coño, pasando el hilo lentamente por su carne. A cada puntada clavar la aguja se hacía más difícil, cada vez más roma y cada vez con más dolor para la perra, que no dejaba de revolverse tirándose la cera de la vela por la tripa.

Para terminar una pequeña aguja en su perineo, que el Amo le clavó como colocando la guinda en el centro del pastel. Con esa última 46 agujas en total.

Fui a por la fusta para azotarle la piel atravesada. Suaves fustazos, que hacían que se retorciera de dolor. No dejé una aguja sin azotar.

La perra ya no podía más, así que la desatamos e hicimos que bajara de la camilla. Casi no podía ponerse recta con tantas agujas en el cuerpo.

Desatamos también a la otra esclava. Se les ordenó que se arrodillaran ante el Amo y mientras una le lamía los pies, la otra le lamía la polla.

Con las dos en el suelo y con el culo en pompa fue imposible que Miss B y yo nos resistiéramos a azotarlas.

Flogger en mano fuimos azotándolas en la espalda y en el culo y ellas reaccionando con respingos intentando no dejar de lamer al Amo. Las marcas aparecieron deprisa, rayas rojas que adornaron sus espaldas y culos.

Miss B siguió con el flogger y yo me dediqué a darle pataditas en el coño lleno de agujas de la cerda. Apretando la aguja de su perineo, para que se le clavara más, moviéndole las de sus labios, hasta que el Amo se corrió.

Finalmente el Ama pidió ser Ella quien le quitara las agujas y arrodillada ante la perra fue tirando de una en una y haciendo brotar la sangre. Sus manos estaban rojas, con ellas pintó una J en el pecho de la cerda y cuando acabó se las limpió frotándolas contra su cara. Se alejó sonriente dejando un charco rojo en medio de la mazmorra.

viernes, 7 de julio de 2017

Disciplino a la perra. Segunda parte

El Amo y yo nos fuimos al salón, comentamos cómo iba la sesión y lo que iba a pasar después. Nosotros también descansamos, del calor, del brazo entumecido por los azotes…

Una media hora después volvimos a la mazmorra. El Amo puso a la esclava en la misma posición que antes, con las manos atadas en lo alto, con los ojos aun tapados y de cara hacia el sillón donde se sentó para ver cómo la seguía torturando.

Su espalda ya no estaba roja, y para lo que quería hacer necesitaba que estuviera irritada, así que cogí el rebenque y sin calentamiento le azoté toda la espalda, las tetas, la tripa… todo el cuerpo, mientras ella se revolvía y giraba entre gritos y sollozos. Al estar ya cansada era mucho más fácil romperla.

Una vez vi que la piel estaba totalmente roja me alejé de ella y busqué una vela roja y un mechero.

Encendí la vela a su lado, pero creo que ni siquiera la oyó. Seguía intentando calmar su respiración cuando le disparé la primera gota de cera. Una gotita roja, pequeña, que voló rápidamente sin perder su calor y dio contra su espalda irritada. La perra gritó con todas sus fuerzas mientras sentía arder su piel, se intentó soltar, pataleó, y sólo consiguió que otra gota impactara contra su espalda.

Gotita a gotita iba disparando la cera ardiendo contra su espalda, ella estaba descontrolada, no sé si entendió que lo que la estaba quemando era cera, tal vez pensó que eran quemaduras de cigarro, no me importaba, igual que no me importaba que se revolviera, seguí lanzándole gotitas de cera. Acabó desesperada y con la espalda y sus tetas ardiendo, intentando huir del dolor con las piernas temblorosas.

Dejé la vela y cogí una vara de olivo seca, que tenía nudos afilados. Al estar tan seca con los azotes se iría rompiendo, así que aproveché los pinchos para frotársela con las marcas del culo y las tetas. Las ramitas se partían y se clavaban contra su piel, pero sin llegar a hacerla sangrar. Ella no dejaba de gritar.

-Márcale con 10 azotes las tetas y que los cuente.- dijo el Amo.

La moví para que se quedara frente al Amo y le di el primero con fuerza para dejarle marca. Se dobló, subiendo una rodilla y quedándose quieta sobre una pierna.

-Uno, gracias Señora.

Le di el segundo y de nuevo cogió esa postura, guardando silencio. Le solté algunos varazos en la pierna que subía, presionándola para que contase más deprisa y seguir azotándole las tetas.

-Dos, gracias Señora.

A cada azote en las tetas, que en realidad era en los pezones, se ganaba unos cuantos más en las piernas para acelerar el proceso.

Cuando llegó a 10 el Amo me dijo que le pusiera unas pinzas en los pezones. Pero no unas pinzas cualquiera, eran unas pequeñas de cocodrilo, muy duras, que llevaban unas pesas redondas. Le pellizqué un pezón y lentamente le puse la primera pinza. En seguida empezó a negar con la cabeza, no la aguantaba. Le pellizqué el otro pezón y le añadí la otra pinza. Se quedó callada, semibloqueada por el dolor de las pinzas, negando y negando.

El Amo le preguntó si teníamos que parar, si ya no nos quería dar más dolor.

-¿Por qué estás aquí?

-Para sufrir.

Seguimos.

Le di más varazos en las tetas, en los pezones donde le presionaban las pinzas… Ella ya sólo lloraba.

El Amo le hizo algunas fotos, la tuve que girar porque estaba tan desorientada que cuando se lo ordenaba el Amo no sabía hacia dónde moverse. Las piernas no dejaban de temblarle, en alguna ocasión tuve que aguantar su peso para que no se quedara colgando de las muñecas.

El Amo se acercó a ella y le dio algunas bofetadas. Finalmente le quitamos las pinzas, tenía los pezones con algo de sangre.

La dejamos descansando de rodillas inmovilizada con cadenas al cuello y a las muñecas atadas a la espalda y nos fuimos al salón a refrescarnos un poco del ambiente cargado de la mazmorra.

Se nos había hecho de noche, pero aun teníamos tiempo para algo de humillación, así que volvimos a la mazmorra y pusimos el sillón del Amo junto a ella. A ella la dejamos con las muñecas a la espalda, de rodillas.

Me senté en el sillón, levanté la pierna hasta dejar la suela de mis tacones delante de su boca y le ordené que lamiera.

Ese sillón es realmente cómodo, apoyé la cabeza, relajé el cuerpo y miré cómo la perra lamía mis zapatos. Como lamer no es algo muy complicado probé a clavarle el tacón en una de sus tetas y que siguiera lamiéndome la suela mientras sentía el dolor. Le dolía de verdad, gemía, y es que las tapas de los tacones de mis zapatos estaban afiladas por los bordes y sus tetas seguían muy irritadas después de tantos azotes.

Cambié de pierna y la puse a lamerme la otra suela.

-Lame el tacón.- Succionó el tacón de mi zapato como si fuera la más deliciosa de las pollas.

Cuando me cansé la tumbé boca arriba delante del sillón y empecé a pisotearla. Le clavé los tacones en la tripa, en las tetas. Ella se encogía y gritaba y el Amo le ordenaba mantener la postura.

Me puse de pie para tener mejor acceso a su cuerpo y agarrándome de una de las cadenas que caían del techo la fui pateando en el coño, en el culo, en los costados… la pisoteé en la tripa, en las tetas…

Puse la suela del zapato sobre su clítoris y empecé a frotar. A ratos la perra disfrutaba, pero entonces apretaba con más fuerza y cambiaba el movimiento y se ponía a gritar de dolor.

La pateé a gusto desde todos los ángulos, tratándola como un felpudo. Y al final le dimos la vuelta, la dejamos atada en hogtied y nos fuimos a cenar.

Seguramente desde la mazmorra pudo oír nuestras risas mientras nos relajábamos y comentábamos la sesión, tal vez consiguió oír al Amo corriéndose en mi boca y mi agradecimiento por ese regalo que ella no pudo saborear.

Pero la perra humillada, pisoteada, torturada y dolorida también tenía que cenar. El Amo le llevó un plato con comida y otro con agua para que aun atada pudiera comer algo sin usar las manos, como un animal. Y algo más tarde la encerró en la jaula para que pasara la noche en la mazmorra mientras nosotros descansábamos en la cómoda cama.