viernes, 2 de noviembre de 2018

Noche de humillaciones

Me puse los tacones y el vestido que Él me regaló, un vestido negro ajustado con una cremallera que podía abrirse para dejar al aire una pierna. No me puse ropa interior, así que esa cremallera dejaría ver algo más si el Amo quería subirla.

En el local había gente conocida y charlamos animadamente mientras tomábamos unas copas. Entre risas y bromas el Amo enseguida aprovechó para humillarme y me ordenó hacer un bailecito moviendo el culo con sus carcajadas de fondo hasta que me puse roja como un tomate.

Para rematar la vergüenza que le gusta hacerme pasar empezó a subirme la cremallera del vestido dejando ver poco a poco primero la rodilla, al rato el muslo y finalmente toda la pierna y el coño. Realmente no me avergonzaba que se me viera todo, incluso era más cómodo al poder separar las piernas y no me daba tanto calor, pero Él insistía en hacer que me fijara en la gente que me miraba o se dedicaba a llamarme puta con su mirada juguetona.

Seguimos charlando sentados con otra gente de gustos parecidos mientras a nuestro lado un sumiso era torturado por su Ama y una amiga y a una esclava le ponían unas ataduras inmovilizándole las manos a la espalda. El Amo me mandó traerle una copa y cuando volví se lo noté en la cara.

-Desnúdate totalmente.

Me quité el vestido quedándome únicamente con los tacones y fui hasta el Dominante que tenía las cuerdas de coco como me había indicado mi Amo. Él me dio la vuelta, y empezó a atarme los brazos con los codos juntos, probando hasta dónde podía apretar, hasta que me preguntó directamente y los acerqué para que se hiciera una idea de cómo iba de elasticidad. Le oí decir “ah, vale!”, soltó la cuerda alejándome los brazos y apretó de golpe hasta casi juntármelos. La cuerda pasó rápida por mis brazos quemando mi piel, lo cual me dejó una bonita marca. Siguió atándome, pasando la cuerda que picaba y pinchaba por mi pecho, tripa y finalmente por mi coño, arañando mi clítoris, hasta que se le terminó la cuerda dejándome con la espalda curvada hacia atrás. Me sentía como un paquetito con patas.

Fui hasta mi Amo, que me sonrió y tiró de las cuerdas para que se me clavaran más. Me hizo arrodillarme a sus pies mientras Él descansaba en una silla y a su lado se sentó otra esclava a la que mi Amo dio permiso si quería juguetear conmigo. Ella fue delicada, pellizcándome los pezones mientras me miraba a la cara y sonreía entre divertida y vergonzosa, y fue animándose hasta tirar de la cuerda que pasaba por mi coño. Mi Amo también se animó, pero no fue nada suave. Tiró y retorció mis pezones burlándose de mis quejidos, estiró de la cuerda haciendo que me ardiese el clítoris y me soltó un par de bofetadas que se escucharon en todo el local.

Llegó el Dominante que me había atado para desatarme porque mis brazos empezaban a quedarse dormidos por la postura. Le pregunté si prefería que me pusiera de pie, pero prefirió tirar de la cuerda a mi espalda tensando todas las cuerdas que mordieron con fuerza y calor mi cuerpo.

Ya liberada di las gracias y volví a los pies de mi Amo, que pronto le ofreció a un Ama con la que charlaba la posibilidad de torturarme.

El Ama se acomodó en una silla y me ordenó tumbarme en el suelo boca arriba delante de Ella. Notaba el frío de las baldosas en mi espalda mientras veía la figura del Ama sobre mí, su vestido rojo, sus sandalias de tacón, altas hasta la rodilla y su sonrisa.

Empezó pisándome con la suela de sus zapatos en mis tetas, aplastándolas, presionando mi tripa y mi coño. Después me arañó el cuerpo con sus tacones, cada arañazo empezaba en mi cuello, iba bajando por un costado o pasando entre mis tetas y dejaba una línea roja hasta que llegaba a mi coño. Cada línea que dibujaba me hacía gemir, me daban escalofríos y al mirarle a la cara no podía evitar sonreír, nos contagiábamos la sonrisa hasta que ambas reíamos.

Los arañazos pasaron a ser punzadas, clavaba sus tacones en mis pezones, en mi ombligo, pisoteaba todo mi cuerpo presionando cada vez más fuerte hasta que me arrancó algún grito.

Finalmente mi Amo me ordenó besar sus pies en agradecimiento por el dolor (y el placer) recibido. Se me había quedado el cuerpo flotando, muy relajada por sentirme bajo sus pies, que ahora podía besar a través de las tiras de sus sandalias. Besé cada uno de sus dedos, besé sus zapatos y lamí sus suelas y tacones.

Otra Dómina que miraba la escena llamó la atención de mi Amo, que le ofreció encantado mi boca para lamer también sus pies. La Dómina aceptó, así que fui a cuatro patas hasta Ella y lamí y besé sus pies con el mismo cariño con el que había servido al Ama. Me sorprendió oír a la Dómina comentar lo diferente que le resultaba que le lamiera una esclava en comparación a cómo lo hacen los esclavos. Siempre he pensado que los pies de un Dominante, sea hombre o mujer, hay que tratarlos con delicadeza, con cariño y saborearlos lentamente y me alegró comprobar que los Dominantes agradecían esa dedicación. Cuando la Dómina se sintió satisfecha me acarició la cabeza y me dio las gracias. Yo también le di las gracias por dejarme lamerle los pies.

Volví a cuatro patas hasta los pies del Ama, que me enseñó sus uñas y me preguntó si algún Ama me había arañado. Recordé las uñas afiladas del Ama amiga de J y cómo se clavaban y rompían la piel como cuchillos.

Las uñas del Ama no estaban afiladas, pero eran duras, lo suficiente como para romper mi piel por presión. Me fue arañando el cuerpo, esos arañazos me gustaban, me daban placer, pero de repente abría las manos y clavaba las uñas en mi carne, con fuerza, al principio solo era presión y dolía, pero conforme apretaba más y más llegaba a romper la piel y me arrancaba gritos y aullidos que no podía silenciar. Sus uñas iban irritando la piel de mi cuerpo, ablandando mi carne y por sorpresa las clavaba en mis tetas, en mis caderas y en mi coño, este último dolía el que más y hacía que me doblase sobre mi misma.

Tanto aullé que nos hicieron bajar a la mazmorra. Pero antes el Amo me ordenó llevarle una copa y cuando volví a sus pies el Ama que estaba abofeteando a su esclavo quiso probar a darme alguna bofetada también a mi. Sus bofetadas no eran suaves, pero sus mano eran mucho más pequeñas que las de mi Amo, así que la diferencia me resultó evidente. A mi Amo le pareció que esas bofetadas no habían sido suficientemente fuertes, así que decidió darme unas cuantas. Fueron potentes, la cabeza se me ladeaba a cada una y volvía a ponerla en su lugar a la espera de una nueva bofetada.

Fuimos a la mazmorra donde ya había una esclava recibiendo latigazos de su Amo. El ambiente era perfecto, las sombras, los muebles, y solo se oían los suspiros de la esclava sufriendo.

El Ama se sentó en el sillón que presidía la sala y mi Amo a su lado, yo arrodillada ante ella esperando de nuevo sus uñas en mi cuerpo. Me sonrió y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que me gustaban sus uñas, pero que estaba cansada por las horas que eran. Se rió y clavó con saña sus uñas en mi cuerpo. Tal vez era el cansancio o tal vez mi piel ya estaba irritada de los arañazos, pero juraría que esta vez apretaba con más fuerza, es posible que sintiera más libertad para hacerme gritar en la mazmorra. Sea como fuere, dolió de verdad, incluso se me saltaron las lágrimas.

Finalmente besé sus pies en agradecimiento. A mi lado podía ver de reojo a una sumisa sentada en uno de los muebles, que había estado viendo cómo nos torturaban, charló con el Dominante que ya había terminado de azotar a su esclava y éste se la ofreció para que le lamiera los pies. A sus pies también me mandó mi Amo y entre las dos esclavas fuimos besando y lamiendo los pies de la sumisa que reaccionó de la forma más dulce y divertida que se pueda imaginar, derritiéndose de gusto y tapándose la cara avergonzada mientras reía.

Una vez terminamos las esclavas subimos a beber agua y vestirnos, en mi caso ya con el vestido de calle. Pronto vinieron también los Dominantes y estuvimos charlando, lo que parecía iban a ser unos minutos antes de irnos, pero la situación empezó a complicarse… para mí.

Mi Amo me ordenó llevarle un vaso de agua. Lo pedí en la barra y se lo entregué a Él. Nada más colocarme de nuevo en posición con los brazos detrás de la espalda mi Amo me tiró el agua por encima. Todos rieron, incluida yo, aun con el susto en el cuerpo por la sorpresa. Y otro chorro de agua me volvió a caer encima empapándome de pies a cabeza.

-Levántate el vestido.-me dijo el Amo.
Tiró un poco de mis bragas y soltó otro buen chorro de agua fresquita en mi coño.

-Ahora limpia el suelo.

Fui a la barra chorreando agua e intentando parecer una mujer con dignidad le pedí al Dueño del local una fregona o un paño “porque a mi Amo se le había caído el agua al suelo”, mientras notaba cómo me caían gotitas de agua por la cara. Mirándome un poco raro, me dieron un rollo de pape de cocina.

Me tiré al suelo y fui empapando el agua ante las risas de mi Amo y otros Dominantes que charlaban con Él. Mis rodillas se resbalaban en el charco de agua que había en el suelo. Y por sorpresa me cayó otro chorro de agua fría en la espalda, con hielos incluidos que se me colaron por dentro del vestido. Solté un gritito ridículo y Ellos una carcajada. Yo ya no sabía cómo manejar tanta agua, empapaba baldosa a baldosa, pero yo misma chorreaba agua en el poco suelo seco que tenía cerca. Me sequé un poco el pelo… chorrazo de agua en la cabeza.

-¿Te he dado permiso para secarte?

Pues tenía razón…

Oí cómo un Dominante le comentaba a mi Amo lo mucho que me esforzaba en dejarlo todo seco. Y era verdad, intentaba darme prisa antes de la siguiente cascada de agua que haría más grande el lago en el que estaba enfangada. Y no tardó en llegar… Levanté la cabeza y vi a mi Amo muerto de risa señalando a otro Dominante.

-¿Cerveza, también?- pregunté yo también riendo.

Y me cayó el final de la cerveza en plena cara.

Llegados a ese punto ya me centré solo en limpiar, bien deprisa, sin levantar la cabeza, que me los imaginaba esperando para acertarme en los ojos, y poco a poco me recorrí de rodillas media sala, ya limpiando hasta las gotas que posiblemente había derramado otra gente.

Me puse de pie y chorreando cerveza y agua, con el rímel corrido y los pelos alborotados y mojados me acerqué a la barra a devolver lo que quedaba de rollo de papel, también mojado, y una bola de papel usado para que la tiraran a la basura. Ya no había dignidad en mi, llegué riendo por no llorar de la humillación que sentía y lo devolví sin fijarme mucho en las reacciones de la gente al verme.

Mi Amo me recogió, salimos del local y nos dimos un paseo con el fresco de la mañana mientras me iba escurriendo el agua del vestido entre risas.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Spanking

Tras pasar la mañana limpiando su casa me ordenó bajar a la mazmorra. Tacones, lencería y el collar. Me puse en posición para recibirle, arrodillada, con la cabeza pegada al suelo y los brazos extendidos. Tenía ganas de empezar, no sabía lo que pasaría, pero el Amo me había dicho que me iba a dejar unas bonitas marcas.

Me puso en el centro de la sala, con los brazos atados juntos al techo y las piernas separadas, enganchadas a unas cadenas que tiraban de mi desde las paredes. Me quitó el sujetador y retiró un poco mis bragas para dejar mi culo más accesible.

Empezó con la pala de madera para calentar. Golpes secos que picaban en la piel y entraban en la carne. Pronto tuve dos círculos morados y duros marcando mi culo.

Mientras me dejaba descansar de los azotes hablaba por whatsapp con una de sus esclavas en consideración y le mandaba fotos de mi culo tomando color. También hizo algún vídeo mientras me azotaba para que viera lo que tarde o temprano le pasaría a ella. Me gustó que la esclava tomara parte de la sesión de ese modo aunque no estuviera presente, sabía que estaría excitada y nerviosa, deseando ser ella el blanco de esos azotes.

Después de la pala de madera pasó a la paleta de cuero, con la que podía dar los azotes más fuertes y la regla, que picaba a rabiar con cada golpe.

En ese momento el Amo se puso creativo y quiso dibujar con mas detalle en mi cuerpo. Con la fusta de doma me arrancó unos cuantos gritos mientras dejaba rayas moradas en mi culo y en mis tetas.

Él se reía y se burlaba, yo sollozaba, pero algo dentro de mi quería jugar y sin darme cuenta ni poder controlarlo le seguí las bromas picándole en un juego preacordado en el que yo tenía todas las de perder. La vara me demostró que habría sido mejor quedarme callada. Me dio varazos fuertes y a ritmos que me desubicaban y hacían que dolieran más. Arrepentida por haber entrado al juego le di las gracias y en cuanto se alejó, algo dentro de mi volvió a la carga. La carcajada del Amo me puso los pelos de punta.

-Lo siento, mi Amo, ¡yo no he sido, no quería decirlo!- No coló.

Más tarde y más dolorida me puso el Hitachi enganchado en la media para que me diera directamente en el clítoris, cogió el látigo y se alejó unos metros detrás de mi. Los latigazos empezaron siendo suaves, chasqueando en el culo o abrazando mi cuerpo. Poco a poco fue subiendo la intensidad y con una sorprendente puntería incluso los que me abrazaban hacían que me retorciera al golpear contra mis tetas y mi coño.

Pasó a la fusta de doma clásica, la cual me resulta más agradable y siguió dándome latigazos hasta que me corrí.

Para terminar me dio a elegir qué instrumentos usaría para hacerme sangrar. Escogí mis preferidos: la pala de pinchos y la bola de clavos.

Frente a mi puso un espejo para que pudiera verme, mi cuerpo estaba cruzado a rayas por el látigo y puntos morados en el coño y en las tetas.

Empezó con la bola de clavos, haciéndola bailar delante de mi para que cogiera velocidad. Los clavos pinchaban debajo de mis tetas, rebotaba y pinchaban por encima en un vaivén casi mágico y algo humillante por las burlas del Amo. Algunas veces arañaban, otras golpeaban y algunos clavos entraban en la piel dejando gotitas de sangre tras de sí.

Pasó al culo y con menos delicadeza golpeó con la bola mi piel ya irritada. Noté cómo los clavos rompían la piel, cómo caían finos hilos de sangre pierna abajo, era muy agradable.

Llegó el turno de la pala de pinchos. Con fuerza golpeó mi culo varias veces, haciendo brotar la sangre que salpicaba el suelo. Me frotó los pinchos de la pala por las tetas y la tripa y en el espejo pude ver mi cuerpo teñido de rojo, una imagen conocida y preciosa.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Escucha y siente

El Amo puso delante de mi la máscara ciega de látex. Una máscara negra por la que sólo se puede respirar, y con mucha dificultad, a través de dos pequeños agujeros a la altura de la nariz. Metí mi cabeza en esa oscuridad y Él cerró la cremallera de la parte de atrás. El látex se pegaba a mi cabeza totalmente, apretaba y daba calor, no se podía ver nada, absolutamente nada, y el sonido de los pasos del Amo llegaba amortiguado a mis oídos. La respiración fue una tortura desde el primer momento, no me llegaba suficiente aire y tenía que esforzarme por no hacer ni la más mínima mueca con la cara, porque esos pequeños agujeros se plegaban y bloqueaban con facilidad. Su pequeño tamaño también me daba problemas al expulsar el aire, ya que no podía pasar por ellos y la máscara se hinchaba, se despegaba de su sitio y volvía, con suerte, de nuevo a como estaba antes de esa bocanada de aire.

Aun intentando concentrarme y controlar la respiración, me vi atada en cruz en mitad de la mazmorra. Oía pasos, sonidos metálicos… tal vez cadenas.

Noté el frío por mi espalda, el roce de algo duro que el Amo estaba enganchando en el techo… Ese frío fue bajando hasta que llegó a mi culo. Era el gancho anal, que entró dentro de mi con fuerza. El Amo lo dejó bien clavado, tirando hacia arriba y presionando y estirando mi culo.

Sentí más frío, esta vez en mis tetas. Unas pinzas metálicas mordieron mis pezones, pero una vez enganchadas tiraron de ellos poco a poco. Podía imaginar a mi Amo dando vueltas a la llave de esas pinzas, que con una estructura metálica y una cadena sirven para estirar los pezones y que el dolor sea más intenso.

Inmovilizada, agobiada y con algo de dolor en mi culo y tetas, empezaba la sesión.

Presté atención a sus pasos, imaginando qué cogería, pero no me dio tiempo a entender que ese sonido que había escuchado era el botón de encendido de la paleta eléctrica y sin esperármelo empezaron a caer chispazos en mi cuerpo. Poco me podía mover sin que el gancho me devolviera a mi lugar tirando de mi culo, así que como respuesta al dolor doblaba una pierna, una respuesta involuntaria y que aunque parezca una tontería ayuda a concentrarse. Al Amo no le gustó. Me ató los pies juntos para que no pudiera cambiar la posición.

Las pinzas tirantes en mis pezones acabaron por resbalarse, lenta y dolorosamente. Pensé que mis pezones descansarían un poco, pero sentí un golpe, picor, calor en la piel. Más golpes, rápidos, el picor… sólo podía ser el rebenque. Me cruzaba el pecho, la tripa, el coño y vuelta a empezar.

La respiración agitada complicaba todavía más aguantar con la máscara. Las lágrimas empezaban a brotar…

Con el cuerpo ardiendo por el rebenque, buscando el aire con todo mi ser, noté cómo el Amo se alejaba. Volvió un momento para dejarme un vibrador rozando mi coño y volvió a alejarse.

No podía ver, pero podía imaginarle. Sentado en el sillón, viendo las marcas rojas cruzándome el cuerpo, atada y con el gancho bien clavado en el culo. Disfrutando de las vistas mientras me humillaba y animaba a frotarme como una perra contra el vibrador.

Pero no conseguía correrme, casi ni sentía placer. Seguí sintiendo el dolor en el culo, la quemazón de la piel y aguantando el cansancio por la falta de aire hasta que el Amo se acercó y empezó a desatar mis manos entumecidas, me apoyé en Él, me besó, nos abrazamos y el orgasmo llegó.

martes, 7 de noviembre de 2017

Inmovilizada con la pera anal

Fuimos a la mazmorra, tan solo iba vestida con los tacones, medias y liguero, llevaba mi collar y el pelo recogido, preparada para que el Amo me usara a su gusto.

Me puso a cuatro patas en el centro de la mazmorra. Vi cómo cogía la pera anal y se puso detrás de mí. Empezó a jugar un poco con mi culo. Me metía un dedo, dos dedos para dilatarlo, no le dedicó mucho tiempo, no llegué a estar dilatada para lo que venía. 


De repente sentí el frío metal de la pera contra mi culo. El Amo la empujó dentro de mí a golpes hasta que entró entera. Yo intentaba no soltar los gritos que ese dolor frío y desagradable me provocaba. Sí, dolió al entrar, y también al abrirse dentro. Apretó el mecanismo para que se abriera dentro de mí, y con un movimiento rápido noté cómo las piezas metálicas se abrían como los pétalos de una flor. La fijó en esa posición y le enganchó una cadena pesada que tiraba de ella hacia la pared a mi espalda y a lo alto.

La cadena estiraba de la pera hacia fuera, clavándome los bordes de sus pétalos metálicos, haciendo que me doliera. Intenté quedarme quieta, para que la cadena no se bamboleara y minimizar así el dolor.

El Amo me puso unas esposas, más frío y duro metal contra mi cuerpo. Y finalmente ató una cadena a mi collar y fue tirando de ella hacia el techo donde la enganchó, hasta dejarme apoyada sobre las palmas de las manos y con el collar apretándome el cuello. La espalda se me curvó y la pera cada vez tiraba más. No conseguía poner el culo de ninguna forma para que la pera no se me clavara.

Ya estaba inmovilizada, y algo falta de aire. Era el momento de hacer que me retorciera, y el Amo no podía elegir otro instrumento que la paleta eléctrica.

Los chispazos empezaron a caer en el culo, con cada uno se me movía el cuerpo, me costaba mantener la postura, ya no solo por la pera, sino por el collar que me asfixiaba. Empecé a apoyarme sobre los puños, para subir un poco la cabeza y que no me apretara tanto, eso me dejaba descansar un poco y respirar bien, pero añadí un nuevo dolor a la lista, las esposas se me clavaban en las muñecas.

Los chispazos siguieron. Chispazos en el culo, chispazos en los pezones, en la tripa, entre las piernas y en la espalda. A cada toque daba un respingo, el culo se me contraía involuntariamente y me clavaba el metal de la pera. Chispazos aquí y allá, mi cuerpo brincando sin control y soltando gritos de desesperación.

Para terminar el Amo me puso el vibrador enganchado en las medias, directamente contra mi clítoris y mientras empezaba a sentir placer, mi culo seguía siendo castigado a varazos.

Al tener la pera y la cadena saliendo de mi culo los varazos caían más bajos, casi en las piernas y picaban más. Pero poco a poco el placer fue subiendo y finalmente el Amo me dio permiso para correrme sin dejar de azotarme.

viernes, 4 de agosto de 2017

Dos esclavas para tres Dominantes

Me puse las medias, el liguero, y tacones y corsé rojo. Me maquillé y esperé pacientemente a que llegara el Amo con las perras. Ellas pasaron directamente a la mazmorra y tras unos minutos el Amo fue con ellas. Desde el salón sólo pude oír algunas bofetadas y algunos azotes. Al rato el Amo volvió al salón conmigo y esperamos a la gran sorpresa de esa tarde. Iba a venir Miss B, que no sabía que por delante tenía una sesión con dos esclavas y conmigo a su lado como Top. Cuando ya estaba cerca, el Amo y yo fuimos a la mazmorra para dejar a las esclavas tal cual se las encontraría el Ama. De rodillas, muñecas atadas a la espalda, mordaza de bola y los collares enganchados con cadenas hasta la pared.

Por fin llegó Miss B, que ya se dio la primera sorpresa al verme preparada para torturar perras, aunque su cara se iluminó cuando el Amo le dijo que en la mazmorra le esperaban dos esclavas. Pero la sorpresa no acababa ahí, y es que las esclavas tampoco sabían que Ella venía. Prepararlo con tanto misterio no había sido fácil, pero valía la pena por ver sus caras encontrándose en la mazmorra.

El Ama se preparó. Taconazos negros y body semitransparente. Estaba impresionante. Los tres fuimos a la mazmorra.

Miss B se encontró con su sorpresa, y su sorpresa se encontró con Ella, pero estaba demasiado nerviosa como para decir algo. Sonrisas, caras coloradas… sobre todo la de una de las perras, que se ahogaba con su collar tirante por la cadena que la agarraba a la pared.

Los Amos se fueron al salón y me dejaron para que preparara todo lo que se iba a usar.

Primero la camilla y una mesa a su lado. Agujas, suturas, guantes, jengibre, cuerda… Cuando lo tuve todo bien colocado en su sitio fui a avisar a los Amos. Comenzaba la sesión.

Mi Amo y Miss B. llegaron. Una esclava en la camilla, la otra de rodillas. El Amo fue encadenando a la primera, con las muñecas por encima de su cabeza y los tobillos enganchados a lo alto dejando sus piernas abiertas.

Mientras tanto busqué el plug eléctrico y se lo di a Miss B para que se lo encajara en el culo a la otra perra.

El Amo ató a la esclava que sería electrocutada a la pared del fondo, donde tendría unas magníficas vistas de la tortura que le realizaríamos a la otra perra. Así se quedó, mirando expectante y notando poco a poco la electricidad crecer en su culo.

Cogí las primeras dos agujas y se las ofrecí a los Amos. Cada uno estiró de un pezón a la perra de la camilla y se los atravesaron. Dos agujas más para los Amos, dos agujas más en sus pezones. Como dos flores acabaron los pezones de la perra, con cinco agujas cada uno. Por debajo de las agujas pasaron una cuerda fina, que ataron con fuerza amoratando los pezones atravesados y tiraron de la cuerda y sus tetas hacia el techo, pasando las cuerdas por una arandela y enganchando sus extremos a unas pesas.

Las tetas de la zorra quedaron tensas, los pezones azules por la presión de la cuerda y ella resoplaba y gemía por el dolor.

Seguimos con las agujas. Los Amos y yo nos íbamos turnando para atravesarle las tetas una y otra vez hasta que quedaron como dos alfileteros.

La otra esclava miraba la escena entre asombrada y cachonda por las descargas en su culo, pronto estaríamos con ella.

El Ama cogió el vibrador y empezó a masturbar al alfiletero, pero le dolían demasiado las tetas como para correrse. Mientras yo seguía clavándole agujas en las tetas y la tripa, el Amo fue a por un palo acabado en plug para follarle el culo y subir así su excitación.

La zorra no dejaba de quejarse, le dolía todo y estaba lejos de correrse, pero nosotros no parábamos, cada cual enfrascado en su actividad.

Le dibujé con agujas una pequeña flor alrededor del ombligo y en el centro coloqué una velita, que desde el primer momento empezó a derramar su cera por la tripa de la cerda, ya que ésta no dejaba de moverse intentando huir del dolor.

Cogí una ramita de jengibre bien mojado en agua para que su efecto se potenciara, se lo froté en el clítoris y lo introduje en su coño. El jengibre no pica, pero produce un calor que aumenta considerablemente la excitación. Cuando la perra empezó a quejarse por el calor del jengibre se lo quité y dejé que los Amos se encargaran del orgasmo que ya se notaba que iba llegando.

Busqué otro vibrador y fui hacia la otra esclava. Le indiqué que abriera las piernas y empecé a masturbarla. Poco tardó en correrse con sus piernas temblando y sin apartar la vista de la zorra de la camilla.

A mis espaldas oí cómo los Amos conseguían que la otra esclava se corriera por fin. Volví con Ellos y seguimos con las agujas, esta vez en el coño.

Primero en el pubis, cada Dom ponía una, nos íbamos turnando como habíamos hecho con las tetas, cada aguja la atravesaba tres veces, eso hacía que le doliera más. Una vez cubierto el pubis seguimos por los labios mayores, de dentro a afuera. Su coño parecía un erizo.

Con una aguja de sutura fuimos dando puntadas por debajo de cada aguja que habíamos puesto en su coño, pasando el hilo lentamente por su carne. A cada puntada clavar la aguja se hacía más difícil, cada vez más roma y cada vez con más dolor para la perra, que no dejaba de revolverse tirándose la cera de la vela por la tripa.

Para terminar una pequeña aguja en su perineo, que el Amo le clavó como colocando la guinda en el centro del pastel. Con esa última 46 agujas en total.

Fui a por la fusta para azotarle la piel atravesada. Suaves fustazos, que hacían que se retorciera de dolor. No dejé una aguja sin azotar.

La perra ya no podía más, así que la desatamos e hicimos que bajara de la camilla. Casi no podía ponerse recta con tantas agujas en el cuerpo.

Desatamos también a la otra esclava. Se les ordenó que se arrodillaran ante el Amo y mientras una le lamía los pies, la otra le lamía la polla.

Con las dos en el suelo y con el culo en pompa fue imposible que Miss B y yo nos resistiéramos a azotarlas.

Flogger en mano fuimos azotándolas en la espalda y en el culo y ellas reaccionando con respingos intentando no dejar de lamer al Amo. Las marcas aparecieron deprisa, rayas rojas que adornaron sus espaldas y culos.

Miss B siguió con el flogger y yo me dediqué a darle pataditas en el coño lleno de agujas de la cerda. Apretando la aguja de su perineo, para que se le clavara más, moviéndole las de sus labios, hasta que el Amo se corrió.

Finalmente el Ama pidió ser Ella quien le quitara las agujas y arrodillada ante la perra fue tirando de una en una y haciendo brotar la sangre. Sus manos estaban rojas, con ellas pintó una J en el pecho de la cerda y cuando acabó se las limpió frotándolas contra su cara. Se alejó sonriente dejando un charco rojo en medio de la mazmorra.